01 marzo 2010

LA BENDICIÓN

Todas las tardes, el príncipe Funo montaba su caballo y recorría los tres reinos que lo separaban de la princesa Fini. Mientras caía el sol, ella miraba ansiosa el horizonte desde el balcón de su dormitorio.
Hasta que por fin, Funo hizo a Fini la pregunta que todo príncipe enamorado le hace a una princesa:
—¿Te querés casar conmigo?
A lo que Fini respondió:
—¿Sabés jugar ajedrez?
El príncipe sorprendido, contestó muy tranquilo que no, y la princesita se puso a llorar de una manera tan desconsolada que parecía que nunca iba a terminar. Cuando las lágrimas la dejaron hablar dijo:
—Mi padre nunca nos dejará casar. —Y siguió llorando.
— ¿Por qué no? —preguntó el príncipe confundido —Soy un príncipe real, un príncipe de sangre azul. Todos los reyes quieren que sus hijas se casen con verdaderos príncipes.
—Para todos los reyes eso es importante —contestó Fini —pero no para mi padre. A él no le interesa que seas un príncipe o un mendigo, sino que.... ¡bua!, ¡bua!, ¡bua!, y la princesa lloraba.
—Sino que... ¿qué?
—Que sepas jugar al ajedrez...bua, bua...




Y era cierto. El rey otorgaba o negaba la mano de sus hijas según como el pretendiente se comportara frente a un tablero de ajedrez. Así fue que de sus siete hijas, tres se casaron con príncipes, dos con cocineros del palacio y una con un bufón de otro reino. Por supuesto, la característica que todos compartían era la de ser grandes ajedrecistas y por eso, a pesar de perder la partida, obtuvieron la bendición del campeón de los campeones, o sea el rey.
Claro, nadie le había hecho jaque mate. ¿Quién se animaría?, pero no crean que era cuestión de saber mover las piezas y dejarse ganar, no, no, no, no, no.... si el rey se aburría o descubría que se dejaban ganar, los echaba a patadas del palacio. Y cuando digo a patadas, era ¡a patadas!
Funo amaba tanto a Fini, que a pesar de todo dijo seriamente:
—No llores, aprenderé a jugar al ajedrez y nos podremos casar.
Pero nadie en el reino del príncipe sabía jugar, y nadie en el reino de la princesa le quería enseñar.
— ¿Y si el rey se entera?—se preguntaban — ¿Y si descubre que es un principiante? Culpará a quien le enseñó el juego solo para casarse con la princesa.
—Yo le enseñaré —pensó Fini —he visto jugar tanto a mi padre que algo debo haber aprendido. A ver... los peones siempre se mueven para adelante, las torres —dijo tomando una entre su índice y su pulgar — ¿se mueven por filas o columnas? o no, en diagonales.... no, no pero lo que si es seguro es que podían saltar otras piezas, ¿o esos eran los caballos?
Después de pasarse toda la tarde frente al tablero, se dio por vencida. Ella tampoco sabía jugar y en medio de tantas lágrimas se acordó de su hada madrina. Todas las princesas tienen una, y solo invocarla con el pensamiento es suficiente para que aparezca.
— ¡Hadita! —suplicó Finí, —deseo que mi príncipe sepa jugar al ajedrez.
—Princesita —respondió el hada —no puedo hacer eso. Yo no se jugar ajedrez y no puedo transmitir algo que no tengo. Por favor pide otro deseo.
—Deseo casarme con mi príncipe
—Princesita, ese deseo tampoco lo puedo cumplir.
—Tampoco —gritó irritada— ¿De qué me sirve un hada madrina que una vez que necesito algo no me lo puede dar?
—Sabes muy bien que el deseo del rey, tu padre, es el mas importante de todos los deseos—contestó enérgicamente, —y no tengo que recordarte que desea de los pretendientes de sus hijas....Pensemos otra cosa, cariño—dijo mas tranquila —algo se nos va a ocurrir.
—No se me ocurre nada —llorisqueó Finí.
— ¡Ya lo tengo! ¡Ya lo tengo! —dijo el hada mostrando un tablero de ajedrez, con sus piezas talladas en madera de ébano negro y blanco.
—No entiendo —se quejo la princesa. — ¿Para qué nos sirve ésto?
—Para que Funo se lo regale a tu padre y lo desafíe a jugar un partido. Míralo, es una joya, no se podrá resistir.
—Pero Funo no sabe jugar, en la tercera jugada lo echará a patadas, no necesitamos un juego, mi padre tiene más de mil.
—Perdón princesita, perdón, no necesitamos UN juego. Necesitamos ESTE juego.
— ¿Por qué?
—Porque las piezas de este juego son inteligentes. Cuando el príncipe agarre una, esta se moverá solita hasta el casillero más conveniente. Solo tendrá que acompañarla con la mano.
—Excelente —sonrió Fini —Pero no van a ganar ¿no?
—No, si nosotros no queremos. Lo que hace a estas piezas inteligentes, son estos polvitos mágicos a los que les daremos las siguientes instrucciones—dijo mientras le mostraba una cajita llena de polvo — ¡acorralar al rey mas no atraparlo, permitiendo que nos hagan jaque mate en la jugada treinta!
—Mejor treinta y dos —acotó la princesa.
—Jugada treinta y dos —corrigió haciendo movimientos circulares con la mano derecha. — Pero recuerda que deberás rociar las piezas con estos polvitos unas horas antes de la partida. ¡No lo olvides!

Y así fue que el príncipe se presentó en el palacio, regaló el juego al rey y pidió la mano de la princesa.
Treinta y dos jugadas después el rey gritó feliz: — ¡Jaque mate!
Todas las tardes, Fini rocía las piezas con los polvitos mágicos, por las dudas que esa noche el rey quiera jugar un partido con su adversario favorito.

Del libro Jaque Mate - Debora Ballarella - Editorial Guadal

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