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Organizada por la Fundación El Libro

12 mayo 2015

A 130 años de la Ley 1420

EDUCACIÓN OBLIGATORIA, LAICA Y GRATUITA



En el stand de la Legislatura Porteña en la Feria del Libro 2015, se organizó una mesa de debate en conmemoración a los 130 años de la ley 1420, Educación obligatoria, laica y gratuita.
Participaron de la misma el subsecretario de políticas educativas del Ministerio de Educación de la CABA, Alejandro Finocchiaro, el analista político, periodista e historiador Rosendo Fraga y la diputada Cecilia de la Torre, quien impulsó el proyecto de conmemoración aprobado . 

Rosendo Fraga, Cecilia de la Torre y Alejandro Finocchiaro 

La Ley 1.420 fue aprobada el 8 de julio de 1884 por el voto de cuarenta y tres diputados contra diez. Sirvieron de antecedentes, aparte de los mencionados, la Ley de Educación de la Provincia de Buenos Aires, de 1875, y la francesa, de 1882.
Intervinieron en el debate notables oradores y hombres de reputada talla intelectual, como los diputados Emilio Civit, Mariano Demaría, Pedro Goyena, Delfín Gallo, Tristán Achával Rodríguez, Emilio de Alvear, Luis Lagos García, el entrerriano Onésimo Leguizamón y el Ministro de Culto e Instrucción Pública,  Eduardo Wilde.
La ley no se limitó a la enseñanza en las escuelas primarias, sino que disponía además la creación de escuelas para adultos en los cuarteles, buques de la Armada Nacional, cárceles, fábricas y escuelas ambulantes en las regiones en las cuales no fuera posible establecer escuelas fijas. Asimismo, comprendía la creación de jardines de infantes en las ciudades.
La instrucción era obligatoria, gratuita y laica. La obligatoriedad exigía a los padres, tutores o encargados de niños, darles educación primaria, en las escuelas públicas o  privadas, y en caso de no ser ello posible, en el hogar de los niños. La instrucción comprendía lectura y escritura, aritmética, historia argentina y nociones de historia universal, geografía argentina y nociones de geografía universal, normas morales, cívicas y patrióticas, y nociones acerca de la naturaleza y del hombre.
Su cumplimiento podía comprobarse por medio de certificados y de exámenes, y la no observancia de las disposiciones de la ley por parte de los responsables, los hacía pasibles de las penalidades establecidas, llegando, en caso extremo, a recurrir a la fuerza pública para conducir al niño a la escuela.
La neutralidad en materia religiosa, por su parte, fue una de las grandes conquistas de la civilización lograda para la escuela argentina. El Estado quedaba exento de obligar al niño a seguir una religión pero no prohibía la enseñanza religiosa, que podía darse fuera de las horas de clase, antes o después de ellas, con la expresa conformidad de los padres, aunque rara vez se hizo uso de esta autorización, que finalmente cayó en desuso.
El establecimiento de esta ley originó momentos de agitación pública porque significó una honda transformación en la materia. No solo en el Congreso se llevó a cabo el debate, toda la comunidad tomó parte activa en la discusión. Por medio de la prensa y en la tribuna pública, se expresaron los hombres más destacados de la época, como Domingo Faustino Sarmiento, ex Presidente de la Nación designado como titular del Consejo Nacional de Educación por el Presidente Julio Argentino Roca; otro ex Presidente de la Nación, Nicolás Avellaneda, Rector de la Universidad de Buenos Aires; Emilio Lamarca, Pedro Goyena, Miguel Navarro Viola y José Manuel Estrada, a quién el debate le costó su cargo de Rector del Colegio Nacional de Buenos Aires, y el legendario educador Marcos Sastre, que sintetizó el espíritu de la ley apoyando la enseñanza laica desde su catolicismo, sosteniendo que para la educación religiosa había otros ámbitos, como las iglesias y los conventos.
La Ley de Educación Común, como se la llamó en un principio, fue un valioso instrumento de unificación espiritual en el país, inculcando normas y nociones comunes, en resguardo de la igualdad de oportunidades, constituyendo un aporte de significación para la conciencia democrática e influyendo extraordinariamente en el desarrollo cultural de toda la sociedad.
Gracias a esa ley, la República Argentina se puso a la vanguardia, y no sólo de Sudamérica, sino a la par de las naciones más avanzadas, arrasando con el analfabetismo y permitiendo la integración de aquellos que llegaron a nuestro país formando parte de uno de los procesos migratorios más colosales de la historia universal.
Por supuesto, que  los principios y objetivos de la ley deben ser valorados en el contexto político, social, cultural y teniendo en cuenta las necesidades de la época.
Como bien sostiene el Secretario de Políticas Educativas, Alejandro Finocchiaro: "Seguramente, si fuese posible hacer un ranking de las leyes más importantes en la historia de la Nación, ésta figuraría entre las primeras y más relevantes. En estos tiempos estamos acostumbrados a juzgar el pasado con los parámetros modernos, como si el acta de declaración de independencia del 9 de julio de 1816 por sí misma hubiese erigido al Estado o nos hubiese constituido como Nación. En la segunda mitad del siglo XIX aún no teníamos lo uno ni éramos lo otro. No sabíamos dónde comenzaba el país ni donde terminaba y la Constitución no tenía imperio sobre vastas regiones de nuestra extensa y salvaje geografía. Argentina era una promesa enorme a cuyo llamado llegaron hombres de diferentes latitudes, de pueblos diversos con lenguas extrañas y culturas milenarias. Nosotros apenas comenzábamos a forjar nuestra historia, aún no habíamos construido esa identidad que permite a los hombres que habitan un determinado territorio identificarse como semejantes, no sólo con un pasado, cultura, lengua y tradiciones en común, sino también con el anhelo de un futuro compartido. Aquellos que presidieron el país en los orígenes de la institucionalidad, Mitre, Avellaneda y Sarmiento, comprendieron la titánica tarea que suponía no sólo derrotar la ignorancia y el analfabetismo sino que la educación pudiese llegar a todos, sin distinciones de barreras económicas, religiosas o culturales. Comprendieron que educar era construir la Nación. Gracias a esta ley pudieron estudiar en la escuela pública nuestros abuelos, nuestros padres y nosotros. Argentina fue el primer país de América en lograr su alfabetización plena, nuestros maestros y libros de textos se exportaban a países americanos y europeos y nos convertimos a principios del siglo XX en una gran meca cultural. Quizás la deuda que tenemos con aquellos hombres que impulsaron la 1.420 sea tratar de descubrir en qué momento perdimos el camino y en esforzarnos por retomarlo."

Esteban Bullrich, Alejandro Finocchiaro, Cecilia de la Torre



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